Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 21 diciembre 2025.

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Javier Gomá Lanzón

El Dios bíblico, que ni nace ni muere, es eterno. Los dioses olímpicos, nacidos de sus padres, no son  eternos sino inmortales. Nosotros, que además de nacer morimos, somos contingentes. Ahora bien, ser contingente significa dos cosas distintas: que algo es de una manera pero podría ser de otra; que es pero podría no ser. Los jóvenes son contingentes en el primer sentido, porque, teniendo todo el futuro por delante, experimentan el lujo del ser. Los ancianos, en cambio, lo son en el segundo, sinónimo de mortalidad, abrumados por la falta de necesidad de un ser como el suyo que dejará pronto de existir. Vivir y envejecer deja en el paladar un poso raro que combina esos dos sentidos: la vida es inmortal como un dios olímpico, pero pasa como un soplo. En mi caso, cuanto mayor es el número de años que vivo, más corta me parece la vida.

FUENTES