Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 12 abril 2026.

Javier Gomá Lanzón
Cuando, después de toda una vida juntos, muere el ser querido –un padre, un amigo–, el recuerdo que pueda de él en quienes lo sobreviven se reduce a apenas dos docenas de imágenes (con el agravante añadido de que pertenecen mayoritariamente a su declinante edad tardía). A cambio, esa selección de imágenes está cargada de un intensísimo simbolismo que conmueve por el hondo significado que concentra. Igual que esas estelas funerarias que los griegos ponían al lado del sendero y pedían al caminante que recordase un momento al difunto y luego prosiguiese su ruta en paz. Con impresionante laconismo, los epigramas solían proclamar la virtud de quien ya no existía, poseedor de una dignidad que no marchita el tiempo ni merece esa sucia corrupción reservada en este mundo a lo viviente: «Tu cuerpo lo guarda la tierra en su seno. Tu honestidad, Crisante, no la puede ocultar un sepulcro».


