Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 5 julio 2026.

Javier Gomá Lanzón
El mal es fotogénico. Su representación, que embellece el modelo, seduce con un fascinante atractivo. Por eso constituye un motivo constantemente elegido por los artistas, ávidos por inventar obras que levanten fuertes emociones. La realidad del mal, en cambio, es vulgar. A veces maniobra con una habilidad y astucia espectaculares, pero moralmente es siempre lo mismo. Los actos malvados se parecen entre sí, repetitivos y consabidos, y no añaden nada original a la vieja economía del mundo. Inversamente, el bien no da bien en la foto y los artistas, que pocas veces lo tematizan, prefieren confiar la cuestión a los filósofos que meditan sobre la vida buena. Su representación artística no hace justicia al encanto, hondura, singularidad y exuberancia que adornan lo bueno en la realidad. Cuando irrumpe introduce un novum imprevisible y sorprendente, puro acto creador. Una persona bondadosa está exenta de vulgaridad moral. La bondad es siempre distinguida.


