Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 10 mayo 2026.

Javier Gomá Lanzón
En la Antigüedad, la belleza es entendida de dos maneras. Con carácter general, es definida como forma que presta armonía a las partes. Pero esa definición no vale para las cosas sencillas, como el mismo Dios, así que tardíamente –con Plotino– se añade la idea de belleza como luz. Consonantia (forma) y claritas (luz) compendian en apretada fórmula la estética premoderna. En la Modernidad, presidida por el principio subjetivo, la belleza ya no es propiedad residente en las cosas, sino el encanto de algunas percepciones capaces de suscitar una promesa de felicidad, la placentera ilusión de una posibilidad incruenta de lo humano. Lo bello dirige al sujeto, un ser insuficiente por naturaleza, una invitación a elevarse a ese idealismo superior. Lo experimentó Rilke cuando, ante la escultura de un Apolo arcaico del Louvre, bellísimo torso sin cabeza, creyó escuchar una voz interior que le susurraba: «Tienes que reformar tu vida».


