Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 11 enero 2026.

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Javier Gomá Lanzón

En la literatura, desde su origen, abundan los amaneceres. Homero canta muchas veces a la aurora de rosáceos dedos que se levanta del lecho al alba para llevar su luz a inmortales y mortales. Entre nosotros, la más perfecta descripción de esa hora sublime la escribió Fray Luis de León en La perfecta casada, donde recrea un despertar sinfónico que «lava las tristezas del corazón y no sé en qué manera despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día». En cambio, hasta hace poco la literatura universal ignoró los atardeceres. ¿Por qué? Seguramente porque la tarde daba paso a las tinieblas de la noche, ocasión para la violencia y el pillaje de los salteadores. Y nadie quería poetizar tamaño terror. Así que fue la luz eléctrica, con que la modernidad civilizó la noche, la que nos abrió los ojos a ese derroche vespertino de belleza.

FUENTES