Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 15 marzo 2026.

Javier Gomá Lanzón
En la Antigüedad, el espacio era un cosmos sublime, habitado por dioses, mientras que el tiempo no pasaba de ramplona imitación de eternidad. En la Modernidad, en cambio, el espacio, privado de simbolismo, quedó reducido a extensión material susceptible de conocimiento científico, mientras que el tiempo, ensanchado por el descubrimiento simultáneo del pasado (prehistoria) y el futuro (progreso indefinido), se envolvió en un misterio impenetrable que suscitó las meditaciones de Kant, Bergson o Heidegger. Hoy los términos han vuelto a invertirse: el tiempo del universo se mide en cifras humanamente pensables (nació hace 14.000 millones de años), mientras que su espacio es de una grandiosidad sobrecogedora (300.000 millones de estrellas por galaxia y 300.000 millones de galaxias) que transciende el humano entendimiento, y se expande a una velocidad y en unas direcciones imposibles de representar. Lo sublime está ahora, como al principio, más en el espacio que en el tiempo.


