Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 21 junio 2026.

Javier Gomá Lanzón
Mientras que el absolutismo proclama dogmas que sustrae a la deliberación racional, la democracia crea instituciones para discutir ideas, criticarlas y, en su caso, abandonarlas. Sólo si las ideas son relativas es posible ponerlas a prueba, compararlas y elegir la mejor. Así que la democracia liberal se sostiene sobre el suelo firme del relativismo, el cual no conduce al nihilismo del todo vale, como si, al renunciar al dogmatismo, la moralidad se disolviera en una infinitud incontrolable de opiniones subjetivas. Al revés: cuando uno se asoma a la Historia, se sorprende de las pocas y manejables ideas que la humanidad ha alumbrado a lo largo del tiempo: libertad, igualdad, justicia y pocas más. Es justamente en la experiencia histórica donde una de ellas ha probado tener la fuerza de un dogma: la dignidad individual. Dicho por Séneca, eso del hombre que es sagrado para el hombre (homo sacra res homini).


