Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 1 febrero 2026.

Javier Gomá Lanzón
A diferencia del inglés, francés, alemán o italiano, nuestra lengua distingue entre «ser» y «estar», dando testimonio así de la aptitud del español para las finezas de la filosofía. «Estar» denota situación provisional mientras que «ser» designa sustancia permanente. Decimos de alguien que sabe estar cuando domina esa habilidad mundana para conducirse correctamente en las reuniones sociales. ¿En qué consistiría saber ser? Es la pregunta por la disposición fundamental hacia la propia existencia. Cada uno dará su contestación, mi favorita es: sobria ebrietas. Esa austera embriaguez por el hecho de existir, ese ponderado entusiasmo de ser en vez de no ser, por mucho que sobren los motivos para la tristeza y las inconsolables lágrimas. El teólogo Martinus Von Biberach, del siglo XV, dejó escrito su epitafio: «Vivo y no sé por cuánto tiempo. Muero y no sé cuándo. Marcho y no sé a dónde. Me asombro de estar tan alegre».


