Publicado en El Mundo, columna Mayoría selecta, 21 septiembre 2026.

Javier Gomá Lanzón
La naturaleza ama la abundancia: infinitas estrellas en el cielo sin finalidad conocida, millones de espermatozoides para una ocasional fecundación, riquísima diversidad de flora y fauna que sólo se explica como tributo a la exuberancia de la vida. De ahí que multiplique pródigamente los seres, aunque no de igual manera. Mientras las especies gozan de permanencia, sus miembros particulares son efímeros y nacen y perecen masivamente cada día sin mucho que lamentar. No así en la especie humana, cuyos individuos son personas que, dotadas de forma única, experimentan su destrucción, decretada por la naturaleza, como una violencia injusta. Podrán existir muchos individuos, pero nada hay superior a ser individual. Cada vez que muere uno ocurre algo enorme, un trágico empobrecimiento del mundo. Como termina el soneto de Wordsworth, «mientras nos dirigimos a la tumba silenciosa, / sentimos que somos más grandes de lo que sabemos». Toda muerte humana es un magnicidio.


